
En un desesperado intento por ganar la pelea, Edison contrata a varios hombres, entre ellos Harold P. Brown, para diseñar un artefacto eléctrico alimentado con CA, el tipo de corriente propuesta por su oponente. Al poco tiempo, Brown viaja por diferentes ciudades montando un grotesco espectáculo que consiste en electrocutar a toda clase de animales con el nuevo aparato: perros, gatos, liebres, caballos, vacas y, según figura en los documentos de la época, hasta un orangután. El objetivo de la maniobra ideada por Edison no es otro que difundir la idea de que

Sus amigos le hacen caso, Edison sonríe y rápidamente da su próximo paso: intenta promover el uso del término “westinghousing” para referise, con la sutileza que lo caracteriza, a la nueva pena de muerte.


Pocos años después, Thomas Edison, adjudicándose los derechos de explotación en Estados Unidos del Cinematógrafo inventado por los hermanos Lumiére, lleva adelante una nueva batalla (conocida como “la guerra de las patentes”) para impedir el nacimiento de nuevas productoras y la realización de películas independientes, o no tan independientes, vamos, pero que sí eran catalogadas por Edison como una clara competencia a sus intereses. También ahora, como en su antiguo enfrentamiento con Westinghouse, se vale de las peores maniobras para lograr su cometido. Claro que el tiempo ha pasado, el mercado es más competitivo y las ideas de Edison menos originales: contrata matones y gente pesada para amedrentar a sus adversarios.

Por suerte, cosas así ya no pasan en el mundo.