Por María Papi
En La mujer sin cabeza se condensan los aspectos dramáticos y las formas constructivas de la poética de Lucrecia Martel. Una película aguda que despliega problemáticas intrínsecas. La intensidad de lo que no se dice y lo que no se quiere ver ni oír; el extrañamiento permanente de lo cotidiano, cuando lo desconocido se torna extraño, siniestro, ya sea por algún trastorno o por propia disposición de ausencia. Son las derivas de la obcecación y el estatismo producidos por un shock, signados por el ojo de una cineasta notable. Múltiples planos inquietos conviven con secuencias de detalles que van tejiendo la inestabilidad de su protagonista, que permanentemente desvía y expande la significación. Un film que obliga a mirar más allá de los bordes y de los focos para activar cada nexo latente en el relato.
El territorio que abre Martel es el de la mente, el de los mecanismos psíquicos que se activan, entre la negación y la conciencia, al eludir las circunstancias frente a un acontecimiento terrible. La cabeza de la mujer se pierde, y al hacerlo encuentra la posibilidad -la temida posibilidad- de perturbar certezas; desde allí se entreteje la percepción dislocada del personaje, la decadencia de su contexto, el desconocimiento de sus propios hábitos.
Un hecho violento, inminente, confuso y oscuro desencadena el aturdimiento, la anormalidad. Este código de la directora es lo que más impacta de su trabajo, lo que lo hace vivo, presente e inquietante. Una trama que descubre continuos velos, el aspecto social y político y el crudamente humano, la desigualdad social y la ausencia de responsabilidad con aquellos depuestos de privilegios, el rol de las mujeres en estas familias conservadoras del interior de la Argentina -transcurre en Salta, su provincia natal-, memorias históricas del país, percepciones claramente autobiográficas, huellas substanciales; polisemia que el público debe construir.
Un film fuertemente complejo, no apto para espectadores apáticos, que obliga a llenar cada vacío, desenmascarar artificios, ver “entre” y “a través de”. Fugas del relato que generan un aspecto de riesgo permanente para el espectador y hacen de esta realización de la directora su más riguroso e intenso gesto cinematográfico hasta hoy.